Buscar este blog

Seguidores

viernes, 20 de marzo de 2009

El primer amor

Hace unos dias, mi amigo Pedro Montero, que mantiene con éxito el blog El Avisador de Badajoz, recordaba las hermosas glicinas que lucen sobre los muros del Grupo Escolar "General Navarro", suaves y dulces en esta primavera recién estrenada. Y le decía que no paso por allí- o al menos no me detengo - porque siento cierto escozor de los primeros recuerdos y nostalgias. Mi grupo escolar, mi escuela, con aquel enorme pasillo, donde formábamos por la mañana, antes de entrar a las clases de D. Gonzalo Murillo, maestro enorme y responsable directo de mi forma de escribir- mucho más que mi padre en cierto aspecto- maestro que enseñaba cosas que no venían en el libro y que uno aprendía con perfil furtivo, como si empezáramos a poseer los secretos de la piedra filosofal -en cierto modo era así- pues todo los compañeros de aquello tiempos salían a la vida con cierta tendencia a las humanidades, aunque fueran físicos o matemáticos.
Don Ventura Muñoz -procedente de Mérida- viejo amigo de mi familia, rectitud y método en una clase elegante, como de universidad. Inefable y vehemente D. Manuel Cabrera, elegante en el porte, erudito y con una gran voz, abrazada al magisterio hasta su muerte, vencido por sus muchos años; Don Manuel Lozano, tan cercano al mudo rural, sencillo y enérgico,por él aprendimos que la capital no es nada sin lo que tiene alrededor.
Quedaron lejos las glicinas, las moreras del patio de recreo y las "niñas" de la clase de Doña Nati.
Todo quedó dormido hasta que un profesor de Filosofía, D. José de Benito, en los primeros tiempos del Zurbarán, se puso a leer algunos párrafos de la obra de Marcel Proust "A la busca del tiempo perdido" para aclararnos las teorías de Bergson, precisamente los párrafos en los que Proust evoca en el olor de las glicinas del patio de su tía Léonie un mundo perdido, decadente, desvanecido entre roces de sedas, de duquesas y cocottes, a las que extrae el alma como a golpes de escalpelo.
No entendí a Bergson, pero me enamoré de la literatura y mi primer amor fueron esas muchachas en flor de Proust, vistas desde las alturas o a ras del suelo. Los demás libros vinieron de la mano de Proust, ese asmático que escribía en la cama, apartado del mundo que magistralmente narraba. Y ese olor a glicinas, me lleva a los propios mundos perdidos.
Esas glicinas, como el primer amor, no se olvidan. Y me dan miedo, porque abren la puerta de los secretos.


José Rabanal Santander

No hay comentarios: